sábado, 17 de septiembre de 2016

Opinadores y los dem??s (que somos muchos)





Cuando yo era un escolar, el peor alumno de mi clase gozaba de un gran prestigio porque era un excelente imitador de todos los profesores. Eso le ayudaba indirectamente a aprobar los ex??menes, porque su popularidad y su aura le conced??an el derecho a que le dej??semos copiar nuestros ejercicios. La lepidopterolog??a podr??a haberse pasado perfectamente sin Nabokov, Rousseau era un p??simo bot??nico y yo no me dejar??a tratar por el m??dico Chejov ni loco. Sin salir del oficio de escritor, el gran novelista Javier Mar??as es un articulista t??pico y trivial. Entonces, ??qu?? inter??s tienen las opiniones ???que se les preguntan??? de los literatos o los actores sobre la actualidad pol??tica? No estoy diciendo que no tengan derecho a tener su opini??n, como todo el mundo, sino que esas opiniones no tienen por qu?? ser especialmente interesantes por el hecho de ser ellos relevantes en otros campos. El prestigio es un asunto raro que contamina a la persona por entero y no s??lo a la actividad en que se es eminente. Claro que enseguida me pongo de parte de esas eminencias ignaras cuando observo a los opinadores profesionales, los tertulianos que sin ser especialmente expertos en ning??n campo, pretenden serlo en todos a cada rato. S??lo hay algo peor que esos opinadores y son esos pesados entre los comunes que despu??s de digerir a diario varias de sus opiniones se creen en posesi??n de una suya propia y nos la sueltan con cualquier pretexto. Todos ellos ignoran aquella duda met??dica en busca de la verdad de Descartes o la m??s importante a??n, la duda ir??nica de Montaigne que s??lo buscaba revelar su propia falta de certezas.





Explosi??n demogr??fica.

No s?? donde he le??do de un mont??n de piedras en un paso asi??tico. Cada uno de los guerreros que marchaba a una campa??a colocaba all?? una piedra. A su regreso, cada guerrero cog??a otra piedra. El mont??n fue creciendo a la vez que se??alaba el n??mero de los ca??dos en batalla. Creo que Tamerl??n previ?? en uno de esos montones un monumento. Si por cada ser humano que nace coloc??semos una piedra no muy grande, pongamos que un canto rodado mediano, y retir??semos una por cada defunci??n, hoy por hoy el mont??n ser??a tan alto como el Everest y esa desmesura nos dar??a una imagen de otra, la de nuestro abrumador crecimiento demogr??fico.


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